Premonición de la ausencia

El vaso se deslizó de las manos de mi padre. “Esta vaina se jodió”, murmuraba… Yo no sabía muy bien si se refería al vaso roto o a otra cosa. Unas horas después descubrí que, desde luego, no se refería al inocente vaso de vidrio.

_ Primero, tu madre se va, te deja a ti en este país, y  ahora esto… Yo no entiendo nada.

_ Eres muy melancólico, papá…

_ No debí enamorarme de esa mujer…

_ Pero ya ves, aquí estoy…

Mi padre era una pequeña criatura indómita, se enamoró y desde entonces se convirtió en un cruel espectador de su propia vida. Ya no me molesta que hable de mi madre con ese rencor que acaso no es más que un amoroso reproche por abandonarnos. Algo me dejaba entumecida ante el recuerdo de la figura escueta de mi madre, titubeando ante  la puerta, dejándonos atrás con pasitos nerviosos y nada piadosos.

El día después mi padre no sabía qué hacer, fumaba como loco y  paseaba por toda la casa, miraba la puerta y adoptaba una posición erguida en su languidez, como si esperase que un fantasma cruzase la puerta. Dejó de pintar, aquellas manos que acariciaban mis mejillas ya no tenían el olor y la aspereza del óleo seco.

_ Teníamos diecisiete años, estábamos hartos del mundo… Ella escribía poesía, escribió algo que me inmutó, y desde entonces la perseguí. No tenía que hablarle para saber algo, sabes, el silencio siempre estuvo entre nosotros, ¿por qué las palabras nunca estaban en nuestros labios? ¿Eso era amor? Me parece que el silencio se aloja en cosas vacías, solitarias, en recuerdos que ya no pueden volver a sus colores…, ¿eso puede ser amor? No, claro que no lo era, sino ella estuviese aquí, ¿verdad? El silencio es una premonición de la ausencia.

El silencio era una premonición de la ausencia, así que decidí convertirme en una ausencia.

Mi madre había llegado demasiado tarde, tuve que mirar cómo se retorcía en el piso y gritaba mi nombre. Mi padre no pudo decir nada, se tambaleaba ante mi cuerpo frío y despojado de todo el lastre inútil de la vida. Mi madre le echaba la culpa a mi padre, mi padre no se defendía y musitaba  galimatías.

Qué tristes y solos se ven ahora… Pero en unos meses mamá volverá a huir, y mi padre no pintará jamás. Todo seguirá igual, sí, como si  yo nunca hubiese vegetado en este mundo, todo se llenará de polvo y yo veré cómo la vida escupe en la cara de todos.

 

 

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Egon Schiele

“La muerte es solamente un primer paso en nuestro viaje sin retorno hacia el silencio”

En mi incipiente travesía literaria hubo un momento en el que creía que el libro era una creación aislada en el tiempo. Sonrío al recordar ese grácil momento de ingenuidad tan austera… ¿Me ocurrió solamente a mí?

Es difícil ver aquello que está en el engranaje del libro, dilucidar los valores de la sociedad, la situación del país en su momento histórico, e incluso el talante de los escritores y de los lectores. Nuestra sensibilidad e intuición como lectores en formación a veces no serán suficiente para abarcar todo lo que un libro puede contener. Quiero afirmar desde ahora (aunque sea una quimera, pues todavía hay un atisbo de ingenuidad en mi entendimiento) que la literatura también puede ser una forma de entender al ser humano y a la historia desde el artificio, desde la cruel y satisfactoria fabulación a la que nos induce la realidad. Me doy cuenta de que leía sin a veces profundizar en todo esto, veía el libro como un objeto sin tiempo, como un objeto elocuente y precioso condenado a la eternidad. Ellos, condenados a la eternidad como lo están, solo pueden hablarnos de guerras perdidas y silenciosas, de la luz y la temeridad del tiempo. Cuando pretendes estudiar la literatura, cuando sabes que este será el recorrido inalcanzable de quizá toda tu vida, te encuentras en ocasiones demasiado pueril ante su vastedad. Leer no es solo imaginar mundos y guardar las reflexiones en silencio, deberás convertir todo esto en un ejercicio inalcanzable en el que quizá solo te halles a ti mismo. Puede que sea difícil, pero esta es la única lumbre del ser humano: las palabras, nuestro asidero invencible. La escritura y la literatura es lo que fija, lo que vuelve pétrea la inconsistente sustancia de la vida.

Leí una novela, una novela que, leyéndola como quizá la hubiese leído hace unos años atrás, solo me hubiese dejado la rara sensación de pensar sobre el tiempo, la muerte y la soledad. Pero hay más que eso en esta novela. En La lluvia amarilla, de Julio Llamazares (1955), está la España de los años 80: un país que empezaba a dar sus primeros pasos fuera de la dictadura, un país que había sufrido la censura y la represión, un país que empezaba a crearse nuevamente desde sí mismo. Todo esto que nombré anteriormente no está en el relato, como habrán imaginado, intento explicar que esta novela (como todas, por supuesto) no hubiese podido existir en otro tiempo ni en otro lugar, es y existe por todo lo que rodeaba a su autor durante su confección. ¿Podríamos separar a la literatura de todo esto? ¿Podríamos creer que un libro concebido en este tiempo está totalmente aislado de esa nueva libertad?

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Hay que sentenciarlo: la censura ha muerto. El panorama literario español de los años 80 despliega ante los lectores una variedad de temas y estilos antes vetados, o tratados con cierto pudor. Los autores empiezan a buscar una voz propia, una manera de narrar que se disfrute en la soledad del lector y el texto; atrás queda el Realismo Social, o un Experimentalismo desmesurado que solo se enfocaba en hallar nuevas formas para contener la narración. El Realismo Social tenía en muchas ocasiones estructuras bien marcadas, arriba estaban los malos, los opresores, y abajo estaban los buenos, lo inocentes, los explotados. En este tipo de novelas, lo importante era plasmar la realidad de la clase trabajadora y se hacía patente  la crítica ante la injusticia, y en muchas ocasiones, el estilo formal en estas novelas quedaba en un segundo plano, pues no era lo que se perseguía… Por su parte, el Experimentalismo llegó a ser tedioso, y de tanta innovación en las formas de narración ya no daba ganas de leer más nada. Los lectores, los editores y los autores estaban hartos. Así empiezan a surgir estas nuevas formas de contar historias, y cada autor, desde su nueva y absoluta libertad, se siente capaz de escribir acerca de temas que antes estaban  prohibidos, además de buscar formas que les permitan explorar los confines del relato. Era eso a lo que llamaron “el gusto por contar historias”.

Con todo este panorama literario tan abigarrado en temas y estilos, nos toca sopesar si La lluvia amarilla puede tratarse de una novela lírica, si, en su conjunto, esta novela evoca un puro lenguaje poético, si transmite, desde lo más recóndito de sus líneas, un sentimiento genuino de mundos oníricos y metafóricos. Debemos detenernos, aunque sea muy sucintamente, a definir qué es la lírica, y cómo ha ido evolucionando. Desde la antigüedad, la lírica fue la forma poética que expresaba los sentimientos personales del autor, esto conformaba el meollo de la composición, todo desde el discurso íntimo y reflexivo junto a la experiencia del yo. Este género (aunque no era considerado como tal en la antigüedad) ha ido evolucionando a través del tiempo, junto con los valores e ideales de cada período histórico, pero siempre evocando la autenticidad del sentimiento poético, el mundo en ocasiones hermético del poeta, la evasión como salvación, y ante la realidad, el pequeño creador abre un mundo lleno de ilusiones metafóricas, de símbolos que componen su cosmos. Con el temor de hacer una afirmación demasiado abrupta, he sopesado mucho si La lluvia amarilla tiene estas características poéticas, si, incluso, se podría considerar una novela escrita en prosa poética.

La Lluvia amarilla fue publicada en el año 1988, y en ella podemos advertir el alejamiento del Experimentalismo tan patente en la narrativa española de los años anteriores. Llamazares lo que busca es un acercamiento a la voz hialina de la memoria, una reflexión acerca del tiempo y la muerte, elementos que jamás podrían separarse de la vida y el ideario del ser humano. Con un lenguaje sugestivo, lleno de metáforas y briznas poéticas, se nos va entretejiendo la historia contada en primera persona por Andrés de Casa Sosas, “el último de Ainielle”, un pueblo abandonado de Huesca.

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La novela cuenta con veinte capítulos,  y a su vez parece estar dividida en dos partes, esto puede apreciarse a medida que se avanza en la lectura. En el primer capítulo tenemos constancia de que el pueblo llamado Ainielle existe, y que en el año 1970 quedó desahitado. Nos adentramos en el mundo narrativo poco a poco, desde los recuerdos del narrador. La voz narrativa nos revela el estado en que se halla el pueblo, nos dice que  “ningún signo de vida podrán adivinar en la distancia.” Nos acerca levemente a una imagen clara del pueblo, como si fuéramos viajeros ingenuos que se aventuran a explorar aquellas casas derruidas que solo albergan el raudo paso de la naturaleza por aquellos espacios antes ocupados (o profanados) por el hombre. En otro momento de la narración, Andrés rememora brevemente a los antiguos habitantes del pueblo “hombres valientes, acostumbrados desde siempre a la tristeza y soledad de estas montañas”. En esta primera parte de la novela impera un tono nostálgico, la reflexión en torno a la soledad aparece en cada paisaje descrito, el tiempo se dilata sobre el hombre y  su obra, también está siempre presente la visión pesimista y en ocasiones escatológica de la muerte, la especulación ante el final de los días, el vasto augurio que solo trae consigo el olvido. Sin embargo Andrés continúa tensando lo que queda de su memoria y nos cuenta acerca de sus amigos del pueblo, de su familia y su infancia. En su infancia la muerte es un suceso lento e inexplicable mientras observa cómo su abuelo desfallece poco a poco. Andrés sigue despertando su memoria y nos habla acerca de uno de sus hijos, quien se había marchado del pueblo en busca de una mejor vida. Este hijo es el primero en abandonar el pueblo, y Andrés no puede perdonarlo porque ve en ello una traición, no concibe que abandone la casa que forjaron generaciones anteriores. Para Andrés quizá la única forma de no perderse en el olvido era legar la tierra y la casa de la familia, y al irse su hijo no halla motivos para seguir manteniendo la casa “viva”, ya que no habrá nadie que la habite en el futuro. Esa es la razón de su vida (o de la nuestra): dejar algo en este mundo, aunque seas un ser anónimo y nadie pueda recordarte.

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El camino que lleva al pueblo de Ainielle es conocido como “la senda amarilla”.

Se nos revelará mucho más adelante el nombre y el destino de sus otros hijos: Camilo, quien no vuelve de la guerra, y Sara, una pequeña niña de salud frágil que muere a la edad de cuatro años.

 “Fue un día de febrero, en el cuarenta y nueve”.

A partir de ese momento empieza a difuminarse la realidad vital y el recuerdo de sus hijos ausentes. Los fantasmas de Camilo y Sara vuelven a la casa de sus padres, y Andrés, sumido en una soledad absoluta, empieza a convivir con los fantasmas de su pasado. La muerte le parece palpable, puede ver la pétrea tumba de Sara, donde brotan florecillas inocentes, y la de Sabina (su esposa), que parece alimentar con su sangre a un viejo manzanero circundante.

La desaparición de Camilo le deja un vacío demasiado silente, es como si no existiese constancia de su paso por este mundo; nada que pueda palpar para cerciorarse de la desaparición física, que siempre deja algo para el mundo de los vivos. Esta es la consecuencia de las guerras: una herida siempre abierta en la memoria de los padres que, incluso con las esperanzas evanescentes, esperan a que un fantasma cruce la puerta. Quizá en esta parte podríamos hablar de una pequeña, aunque certeza, denuncia a los horrores que se viven en la guerra. Un horror que no solo afecta a los que se van y nunca regresan, sino a los que esperan, a los que siempre esperan…

El relato está compuesto por un lenguaje sumamente cuidado, cadencioso y sugerente, en él se hallan profundas reflexiones y verdades contenidas en pocas palabras, como si se tratase de un poema en prosa, no obstante, esto no es lo que caracteriza a la novela. Podemos advertir, si cabe, cierto factor autobiográfico, pues Llamazares nació en el pueblo hoy desabitado de Vegamián, así pues, no sería descabellado hallar cierta inquietud por recuperar la memoria de su padre y de su pueblo desaparecido, sin rastros de vida.

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“Eduardo de la Cruz y Julio Llamazares en la realización del documental sobre la memoria amarilla. 16 de noviembre de 2012”. Foto tomada de aquí

La memoria parece un ejercicio de fe y reconocimiento ante un futuro incierto, la muerte empieza a avanzar lentamente acompañada de la soledad, y esta última trae consigo a la locura. Es a partir del capítulo diez cuando las reflexiones se tornan más erráticas, apresuradas, como la respiración de un moribundo. Andrés sufre las inclemencias del invierno y el alimento escasea. Atrapado en la soledad, las ensoñaciones empiezan a confundir su realidad. La picadura de una víbora lo mantiene durante días en un febril y agónico tránsito, donde no puede discernir si se halla vivo o muerto. El fantasma de su madre y Sabina vigilan sus sueños y lo acompañan, y aunque todavía respire él ya se siente muerto. El elemento metafórico de la novela aparece por primera vez en el capítulo seis:

“El tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos”.

En el capítulo siete atisbamos la metáfora muerte/naturaleza que engloba el color de las hojas muertas de los chopos, que al caer, parecen calar en todo, llenándolo de herrumbre, cansando y oxidando el engranaje latente de la vida. En un principio esta metáfora se ve de manera tenue, y ciertamente parece dirigida al tiempo, que, como la lluvia, anega todo lo que está bajo su dominio y avanza inexorablemente por los senderos vulnerables de la vida. En los últimos capítulos este elemento metafórico se aferra a la locura y al estado ingrávido en que se halla Andrés, llega un momento en el que todo el pueblo se vuelve amarillo, para él no existe nada que no sea de ese color, todo ha sido abarcado por aquel color que solo puede evocar a lo mustio de la naturaleza:

“La lluvia amarilla anuncia en la ventana la llegada de la muerte”.

Andrés no siente miedo ante la muerte, se preparaba en silencio para ella; todos sus recuerdos luchan por permanecer en el tiempo, por no entregarse al olvido.

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Chopos en otoño, (1891). Claude Monet.

La soledad quita cualquier identidad, cualquier diferencia ante el otro, estar solo ante uno mismo es acaso una forma de mirarte eternamente en un espejo que ya no refleja una imagen que puedas recordar.

“¿Y qué es, acaso, la memoria sino una gran mentira?”

Una gran mentira que sostiene nuestros días y nos permite pensar que no podemos desaparecer del todo. Aunque “la noche queda para quién es”, puede que en nuestras noches todavía respire lo que ya se ha ido, lo que solo puede ser evocado en silencio. La memoria es nuestro invariable patrimonio y queda para quién es.

Parece difícil enmarcar esta novela es un estilo enteramente lírico a pesar de poseer un lenguaje cuidado y una reflexión íntima acerca de la memoria, la soledad, la muerte y la locura, (tópicos presentes en el género poético). Es un relato conformado por la vasta identidad de la memoria y elementos metafóricos que nos dan una visión amplia en torno al tiempo y la muerte, pero esto no ahonda más en los sentimientos del narrador. Y, cabe añadir que, si bien el lenguaje es límpido y sugestivo, es en muy pocas ocasiones cuando nos alcanza aquel impacto ignoto que descubrimos cuando leemos una composición poética. No podemos negar el cosmos descarnado que contiene esta novela, ni cierta exploración del yo; empero, parece una tarea de enorme peso afirmar que se trata, en definitiva, de una novela lírica.

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Claude Monet. Chopos al sol, (1891).

No deberías leer esto

Después de mi primera divagación acerca de la literatura estuve pensando sobre qué podría escribir. En un momento llegué a darme cuenta de que jamás podré ordenar todo lo que necesito decir. Puede que me convierta en una voz absurda que al final solo termina hablando de sí misma. No puedo explicar qué es realmente esta insatisfacción frente al mundo, así que por eso escribo. ¿Tengo que explicar(me) otra vez por qué escribo? Parece inane, sin embargo, lo necesito.
Dejarás que las palabras te usen, dejarás de dibujar la aquiesciencia cuando ya estés harto de tu propio silencio. Si nunca te das cuenta de tu propio silencio, si te hallas cómodo en él, deberías buscar la oquedad que mejor se adapte a la inmovilidad de tus gestos.

Divago otra vez.

Quizá solo quería escribir sobre algo, quizá solo quería, en un patético acto de fe, alejarme de mis impresiones y dejarlas descansar sobre los demás. Cuando me doy cuenta de esto dejo de escribir, y entonces, si no hay nada que mueva el cieno que hay en el fondo de mi entendimiento, empiezo a sentir miedo. ¿Qué es este miedo? ¿Acaso una forma de descubrir el silencio ante ti mismo? ¿Qué pasa si descubres de repente que no tienes una voz? ¿Eso podría darte miedo? ¿No es extraño que sigas leyendo este desvarío? ¿No es extraño que escriba y ya no tenga en mi conciencia ese secreto tácito en los confines de mis manos? Es como si abriera la palma de mi mano en la oscuridad, como si creyese en algo. (Creo en la eternidad de las palabras. Creo en la temeridad de las manos vacías. Creo en la humildad de las manos que tocan todo con una apesadumbrada ternura. Creo que ni siquiera en la oscuridad estamos realmente solos, y ni siquiera en la respiración insomne de tu aliento encontrarás soledad.)

Jamás escribirás para ti mismo, pequeño exhibicionista.

Muchacho viendo una aparición, Francisco de Goya (1824-1825)

¿Acerca de la Literatura?

Nuestro acercamiento a la literatura siempre es tímido y trémulo, con cada libro se abre una promesa de eternidad fortuita y, cómo obviarlo, dejamos que la realidad a la que nos aferramos sea anegada por el fluvial bosquejo que esboza la literatura. La literatura que llega a nuestras manos puede parecernos familiar y amena, se convierte en un templo cálido de llovizna que contiene todo lo onírico e inmutable. Sin embargo, hay veces en las que queremos salir del hogar para contemplar lugares foráneos desde nuestra inmovilidad. Olvidamos el canon, o las cosas que tenemos que leer por-que-sí. Así empieza a brotar esa inquietud de buscarte en lo ignoto, en lo ajeno. No obstante, hay  otra forma de acercarnos a la literatura que acaso es menos habitual. Curiosamente viene a nosotros cuando dejamos atrás aquello que proclamamos nuestro y empezamos a reconocer que la impávida vastedad de nuestros días estaba contenida en las calles por las que transitábamos como cuerpos lívidos, como objetos abandonados en el mundo, dispersos entre tantos rostros, acomodados en esa ínfima felicidad austera. Existe ese extrañamiento ante los paisajes habituales, ante el cielo que veíamos todos los días, aquel que, al igual que nosotros, parecía otro a medida que pasaba el tiempo. Y es que recordamos con una intensidad inaudita cuando tenemos que inventarnos un nuevo hogar, un lugar que sea hialino, donde puedas recuperar todo lo que dejaste atrás, aunque te engañes. Nunca prestamos atención a lo que se escondía en esos páramos límpidos, en esos arreboles  lastimados. Cuando nos damos cuenta de lo lejos que estamos del hogar, lo foráneo se tienta a lo lejos y se deja para después, se queda solo e ingrávido en lo vano de nuestra inconsistencia. Y empezamos a caminar a casa, caminamos hacia ella como último intento de reconocimiento. Nos acercamos para conocer su polvo y sus goteras. Es como si la observásemos por primera vez, pero nuestros gestos están impregnados de las roturas de nuestra casa y del gesto pétreo de nuestro país…

¿De qué manera nos acercamos a la literatura? ¿Ella acude, insistente y certera, cuando la necesitamos, o somos nosotros los que buscamos un asidero constante donde dilucidar nuestra realidad?

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Yashima Gakutei

 

 

 

Un lugar para los quiescentes

Aprovechemos la voz a medias que puede darnos un blog cualquiera en algún lugar de internet… Aprovechemos que sabemos escribir y sopesar lo que sostiene nuestro ideario. Aprovechemos todo esto para escribir sobre lo que nos gusta y nos conmueve, empecemos a creer que no estamos solos en nuestras más recónditas peculiaridades, empecemos a creer que alguien nos lee, que alguien pasea por estos sitios para encontrar belleza y sorprenderse como si se hallase ante sí mismo.

Quizá pido mucho, o estoy idealizando lo que un blog puede llegar a hacer. Así que mejor lo dejo  y digo solamente esto: bienvenido, bienvenida. Si has llegado hasta aquí, gracias.

 

 

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Mishima también se halla sorprendido.